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Reflexión: Un pobre en el jardín

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Un amigo mío formaba hace años parte de una pequeña y ardiente comunidad cristiana. Un día a la semana se reunían para hablar de Cristo, de la fe, de cómo difundir su mensaje. Y como todos eran gente con sus jornadas de ocho horas, se reunían de noche, con cena frugal a la que seguía una conversación que a veces se prolongaba hasta las dos, hasta las tres de la mañana. Mi amigo salía de allí con el alma ardiendo, con olor a Evangelio, dispuesto a entregar lo mejor de su vida por él. Hasta que…

Era una noche de invierno, heladora y cortante. Mi amigo, tras la charla con su comunidad, llegó a su casa cerca ya de las tres de la mañana. Y, al bajarse del coche, vio que enfrente de su portal, en el jardín frontero, sobre un banco de hierro, dormía un cuerpo arrebujado, mal cubierto con algunos periódicos.

Algo ocurrió en el alma de mi amigo: con una noche así, un hombre sobre un banco, sin otra protección que un viejo abrigo y unas hojas de papel, podía muy bien morirse de congelación. ¿Podría dejarle al desamparo? Dentro de sí oyó gritar una voz que le explicaba que eso sería un crimen. Pero pronto otra voz que le recordó que no podía meter en su casa a un completo desconocido. ¿Y si era un ladrón? ¿Y qué dirían su mujer y sus hijos si a las tres de la mañana les despertaba para acomodar en casa a aquel hombre andrajoso?

Cuando mi amigo metió el llavín en la cerradura de su casa se gritó mil veces a sí mismo que era un cobarde. Pero el egoísmo fue más fuerte que él. Y, ya en su piso, evitó asomarse al balcón para impedir que su conciencia multiplicara los martillazos con que estaba asediándole.

Ya en la cama le pareció que las mantas eran, a la vez, más calientes y congeladoras. Se sentía habitando a la vez en el infierno de su egoísmo y en el cuerpo congelado del mendigo. Y tardó varias horas en dormirse porque la figura del hombre acurrucado en el banco le parecía clavada en su imaginación.

A la mañana, al despertar, se acercó con pánico a la ventana: estaba seguro que aún vería en el banco aquel cuerpo, quizá ya muerto, que él había abandonado. No estaba. Y no supo si sentía ganas de reír o de llorar.

A lo largo de la semana siguiente vivió en la vergüenza. Se miraba en el espejo y sentía asco de sí mismo. No se atrevía a ir a la Iglesia y comulgar. Sentía unos infinitos deseos de que llegara el viernes para confesarse ante Dios y sus compañeros de aquel pecado que, conforme pasaban los días, crecía en su conciencia.

Cuando el viernes llegó y contó, casi con lágrimas, su cobardía, percibió con asombro que la historia no impresionaba mucho a sus compañeros. Y no era que lo disculpasen, aceptando que todo hombre hace mil disparates al día; era que, además, encontraban teorías para rebajar su gravedad. Alguien explicó que la batalla urgente no era tanto ayudar a los individuos como cambiar la sociedad. Otro explicó que la caridad sólo era auténtica cuando se convertía en justicia. Un tercero comentó que la limosna denigra tanto al que la recibe como al que la da. Alguien añadió que dar cama por una noche a un vagabundo no iba a resolver sus problemas. Y no faltó quien dijo que “gente así ya está acostumbrada a dormir en un banco de la calle”.

Mi amigo salió aquel día más congelado que nunca de la reunión. Y decidió no volver más a aquella comunidad. No quiso juzgarles, ni menos condenarles. Pero entendió que algo no funcionaba en todo aquello.

 

Cuántas veces por nuestra cobardía no hemos sabido defender una injusticia. Tratamos de adormilar nuestra conciencia para que nos deje vivir en paz y sin molestarnos demasiado. Y lo peor es que a veces no sólo somos nosotros, es la sociedad entera la que trata de justificar su actitud pasiva ante la injusticia.

Autor: Olga Camacho

«El amor y la compasión son necesidades, no lujos. Sin ellos, la humanidad no puede sobrevivir.»

– Dalai Lama

 

 

 

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